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Data centers de IA contaminan el aire donde vives

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Sostenibilidad nytimes.com · 11 de septiembre de 2026

Data centers de IA contaminan el aire donde vives

La infraestructura que alimenta la IA tiene un costo que no aparece en pantalla

Cada vez que un modelo de lenguaje responde una consulta, genera una imagen o procesa datos médicos, consume electricidad. Mucha. Y esa electricidad, en la mayoría de los casos, aún proviene de plantas que queman gas natural o carbón. Lo que ex funcionarios de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) advierten ahora es que esa cadena, hasta hace poco invisible para el debate de bienestar, tiene consecuencias directas y medibles en la calidad del aire que respiran las comunidades que rodean estos centros de datos.

Qué dicen los ex funcionarios de la EPA — y por qué el momento importa

La advertencia no viene de activistas ni de grupos de interés: viene de personas que administraron la regulación ambiental federal en Estados Unidos. Su argumento central es que la expansión acelerada de la infraestructura de inteligencia artificial está superando la capacidad de los marcos regulatorios actuales para medir, controlar y sancionar las emisiones asociadas. Los data centers no solo consumen energía eléctrica; operan con generadores diésel de respaldo que entran en funcionamiento durante picos de demanda o cortes de red, y esos generadores emiten dióxido de nitrógeno, partículas finas (PM2,5) y otros contaminantes directamente vinculados a problemas respiratorios, cardiovasculares y efectos sobre el desarrollo infantil.

El patrón geográfico agrava el cuadro. Los data centers tienden a concentrarse en zonas donde la tierra es barata y las restricciones regulatorias son menores, lo que con frecuencia coincide con comunidades de bajos ingresos y minorías raciales, según documentan distintos estudios de justicia ambiental citados en el debate público sobre el tema. La carga de la contaminación no se distribuye de forma pareja: la consumen quienes viven cerca de la infraestructura, mientras los beneficios de la IA se concentran en usuarios y empresas que pueden estar a miles de kilómetros de distancia.

La escala del problema crece a un ritmo que pocos anticipaban. Según proyecciones de la Agencia Internacional de Energía (AIE), el consumo eléctrico global de los data centers podría duplicarse para 2026 respecto a los niveles de 2022, impulsado principalmente por la demanda de cargas de trabajo de inteligencia artificial. Esa proyección implica más infraestructura, más generadores de respaldo y más emisiones, salvo que la transición hacia energías renovables en el sector avance a una velocidad que hoy no está garantizada.

El vínculo entre el costo digital y el cuerpo físico

Aquí es donde la discusión sobre IA deja de ser solo tecnológica y se convierte en una conversación sobre salud. La exposición crónica a partículas finas PM2,5, incluso en concentraciones consideradas "aceptables" por los estándares actuales, se asocia con reducción de la función pulmonar, mayor riesgo cardiovascular y deterioro cognitivo a largo plazo. No es un riesgo hipotético: es el resultado acumulado de décadas de investigación epidemiológica.

Para quien tiene prácticas activas de cuidado personal, esto plantea una paradoja concreta. Puedes optimizar tu sueño, tu alimentación, tu ejercicio; puedes reducir el estrés y cuidar tu microbioma. Pero si el aire que respiras lleva partículas finas generadas por la infraestructura que hace posible la economía digital en la que participas, hay una variable fuera de tu control individual que opera en sentido contrario. El cuerpo y el planeta comparten el mismo aire, literalmente.

Qué cambia cuando la regulación va por detrás de la tecnología

La pregunta que deja esta advertencia no es si la IA es buena o mala, sino cómo se regula su huella física en un momento en que los gobiernos aún no han actualizado los marcos ambientales para incluir esta categoría de infraestructura. En algunos estados de Estados Unidos, los permisos de emisiones para generadores de respaldo no requieren la misma auditoría que las fuentes de emisión primaria, aunque en la práctica funcionen como tales.

Para los consumidores de tecnología y los usuarios de servicios de IA, la señal práctica es doble. Primero, preguntar a los proveedores de servicios digitales que usas qué porcentaje de su infraestructura opera con energías renovables, y si sus centros de datos están certificados bajo estándares como el RE100 o el Climate Neutral Data Centre Pact. Segundo, reconocer que la huella ambiental del consumo digital no se limita al dispositivo en la mano, sino que se extiende hasta el suelo y el aire de las comunidades donde vive esa infraestructura.

En varios países de América Latina, la expansión de data centers avanza impulsada por la demanda regional de servicios en la nube y por incentivos fiscales para atraer inversión tecnológica. Brasil, Chile, Colombia y México concentran la mayor parte de esa infraestructura regional, y los marcos regulatorios ambientales para este sector específico están aún en etapas tempranas de desarrollo. La pregunta que los ex funcionarios de la EPA están haciendo en Estados Unidos es la misma que los organismos reguladores de la región deberán responder antes de que la escala del problema supere la capacidad de respuesta.

La línea del fondo: La advertencia de estos ex funcionarios importa porque viene antes de que la crisis sea visible, no después. Si el consumo de servicios de IA va a seguir creciendo, la única variable real es si la energía que lo mueve es limpia, y si las comunidades que alojan esa infraestructura tienen voz en la regulación que las protege.

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Curación, no invención

Este artículo fue curado y contextualizado a partir de información publicada en nytimes.com . ARMONIAMETA cita siempre sus fuentes.

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